El nuevo papel del consultor cuando la tecnología también comienza a ejecutar
Durante años, la consultoría TIC ha estado asociada a una función muy concreta: ayudar a las empresas a seleccionar, implantar e integrar tecnología. Este papel sigue siendo necesario, pero la llegada de la inteligencia artificial generativa y de los agentes de IA está modificando profundamente el terreno de juego.
La tecnología ya no se limita a apoyar una tarea. Cada vez más, interpreta información, propone acciones, redacta, resume, automatiza procesos, interactúa con sistemas y comienza a ocupar espacios que hasta ahora requerían intervención humana directa. Este cambio no elimina la necesidad de consultoría. La hace más exigente.
En este nuevo contexto, el valor del consultor ya no puede estar centrado sólo en el conocimiento técnico o en la capacidad de implementar herramientas. El valor pasa a situarse en una capa más alta: entender el negocio, ordenar la complejidad, definir gobernanza y ayudar a la empresa a decidir qué debe automatizar, con qué datos, bajo qué controles y con qué retorno esperado.
Las grandes firmas ya se están moviendo en esa dirección. KPMG ha anunciado una alianza con Anthropic para integrar a Claude en sus plataformas globales de tax y advisory, una decisión que muestra hasta qué punto la IA empieza a formar parte del propio modelo de servicio de la consultoría. No se trata sólo de utilizar IA internamente para ganar eficiencia, sino de incorporarla dentro de la forma en que se presta asesoramiento a escala global.
Este movimiento no está aislado. Anthropic también ha ampliado su colaboración con PwC para acelerar la adopción de Claude en entornos corporativos, con una apuesta orientada a operaciones de negocio, procesos de compraventa, herramientas de IA agentiva y nuevos modelos organizativos. PwC prevé formar a 30.000 profesionales en Estados Unidos en Claude Code y escalar esta capacidad dentro de una organización global de cientos de miles de personas.
La lectura es clara: la consultoría ya no sólo acompaña a las empresas en la adopción de la IA. La propia consultoría está siendo rediseñada por la IA.
Esta transformación está llegando también a otras áreas tradicionalmente muy reguladas y orientadas al riesgo. Deloitte UK, por ejemplo, está reorientando parte de su talento junior hacia servicios de AI asurance, con equipos formados por perfiles mixtos de datos y auditoría. Este movimiento responde a una necesidad creciente: las empresas tendrán que demostrar que sus sistemas de IA cumplen criterios de control, regulación y gestión del riesgo.
Esto apunta hacia una nueva etapa de la consultoría. Una etapa menos centrada en recomendar tecnología y más orientada a validar, gobernar y sostener sistemas inteligentes dentro de organizaciones reales.
La nueva complejidad: agentes, automatizaciones y decisiones distribuidas
La IA agentiva introduce una capa de complejidad que muchas empresas todavía no han terminado de asumir. Gartner prevé que el 40% de las aplicaciones empresariales incorporarán agentes de IA específicos por tarea a finales de 2026, cuando en 2025 esta presencia era inferior al 5%. Esto significa que muchas empresas empezarán a convivir con agentes dentro de sus CRM, ERP, herramientas de productividad, plataformas cloud, sistemas de seguridad y aplicaciones corporativas.
Este cambio es especialmente importante para las pymes. Aunque una empresa carezca de una estrategia formal de inteligencia artificial, la IA llegará igualmente a través del software que ya utiliza. Vendrá integrada en herramientas habituales, en asistentes, en automatizaciones y en funcionalidades que prometerán más productividad y menos fricción operativa.
El reto no será únicamente activar estas capacidades. El reto será entender cómo afectan a los procesos, los datos, las responsabilidades y la calidad de las decisiones.
Gartner también alerta de un riesgo muy concreto: la proliferación desordenada de agentes de IA. Según la consultora, una empresa global Fortune 500 media podría llegar a tener más de 150.000 agentes en uso en 2028, mientras sólo el 13% de las organizaciones considera que dispone de una gobernanza adecuada para gestionarlos.
Este concepto es especialmente relevante. Después de años intentando ordenar herramientas, sistemas, permisos, datos y procesos, las empresas pueden estar a punto de añadir una nueva capa de complejidad: agentes que actúan, recomiendan, conectan aplicaciones y gestionan información con distintos niveles de autonomía.
La consultoría que aporte valor en esta etapa deberá ayudar a las empresas a evitar una nueva forma de dispersión tecnológica. No sólo será necesario identificar casos de uso.
De la experimentación al impacto real
Deloitte sitúa este momento con mucha precisión: las organizaciones deben traducir la IA y las tecnologías avanzadas desde la prueba de concepto hasta un impacto escalable en toda la empresa. El debate ya no gira sólo en torno al potencial de la IA, sino de cómo convertir la experimentación en resultados tangibles de negocio.
Este punto es fundamental.
En muchas empresas, la IA ha entrado primero como herramienta de productividad individual. Sirve para redactar mejor, resumir documentos, analizar información o acelerar tareas concretas. Esta fase es útil pero no es suficiente para transformar una organización.
El salto real se produce cuando la IA se integra dentro de los flujos de trabajo, cuando opera sobre datos fiables, cuando está conectada con sistemas corporativos y cuando cada caso de uso dispone de un responsable, métrica y criterio de calidad.
Aquí es donde muchas iniciativas quedan varadas.
No por falta de herramientas. Por falta de arquitectura.
Una empresa puede tener acceso a las mejores plataformas de IA del mercado y, al mismo tiempo, no disponer de datos suficientemente ordenados, procesos suficientemente definidos o responsabilidades suficientemente claras para extraer valor real. Ésta es una de las grandes paradojas de la nueva etapa: la tecnología avanza más rápido que la capacidad organizativa para absorberla.
El nuevo papel del consultor
En la era de la IA, el consultor deberá asumir una función más profunda y transversal. Su aportación no consistirá sólo en recomendar una plataforma, diseñar una integración o desplegar una herramienta. Deberá ayudar a la empresa a entender qué parte de su modelo operativo puede ser asistida, automatizada o aumentada con IA sin perder control, criterio ni responsabilidad.
Esto exige combinar diversas capacidades.
La primera es lectura de negocio. Antes de identificar casos de uso, es necesario entender dónde una empresa pierde tiempo, margen, calidad, capacidad comercial o velocidad de respuesta. La IA sólo tiene sentido empresarial cuando interviene sobre una fricción relevante.
La segunda es arquitectura operativa. Los agentes y asistentes no pueden vivir como una capa aislada. Tienen que estar conectados con procesos, datos, herramientas y responsables. Sin esta conexión, la IA puede generar productividad puntual, pero difícilmente va a construir una mejora estructural.
La tercera es gobernanza. Las empresas necesitan definir qué puede realizar un agente, qué datos puede consultar, qué conectores puede utilizar, quién valida sus salidas y cómo se registran sus acciones. Esta capa será especialmente importante en entornos con información sensible, datos de clientes, procesos administrativos o decisiones que afecten a costes, riesgos o relaciones comerciales.
La cuarta es gestión del cambio. La IA modifica hábitos, roles y formas de trabajo. También genera resistencias, expectativas y malentendidos. El consultor tendrá que ayudar a los equipos a integrar estas herramientas sin convertirlas en una moda interna ni en una fuente de dependencia acrítica.
La quinta es medida del regreso. Cada iniciativa de IA debería estar vinculada a una métrica de negocio comprensible: tiempo reducido, errores evitados, calidad mejorada, capacidad comercial ampliada, riesgo controlado o mejor servicio al cliente.
Este conjunto de capacidades define un nuevo perfil de consultoría: menos centrada en el despliegue y más orientada a la construcción de un sistema de decisión.
¿Qué significa esto para las pymes
Para muchas pymes, la IA no llegará a través de grandes proyectos corporativos. Llegará de forma progresiva, incrustada dentro de las herramientas que ya forman parte de su día a día.
Microsoft 365, Google Cloud, ERP, CRM, plataformas de marketing, sistemas de gestión documental, herramientas de soporte al cliente y aplicaciones sectoriales incorporarán cada vez más funcionalidades inteligentes. En algunos casos, estas capacidades serán muy útiles. En otros, pueden añadir complejidad si se activan sin criterio.
Éste es un punto crítico para la dirección de una pyme: la IA no debe ser tratada como un proyecto paralelo, sino como una capa que afectará progresivamente a toda la arquitectura digital de la empresa.
La decisión importante no será sólo qué herramienta utilizar. Será cómo preparar la organización para que estas herramientas trabajen con datos fiables, procesos coherentes y responsabilidades definidas.
En este escenario, la consultoría TIC tiene la oportunidad de convertirse en un partner mucho más estratégico. No para sustituir la capacidad interna de la empresa, sino para ayudarla a ordenar el camino, priorizar casos de uso y evitar que la IA se convierta en una nueva acumulación de funcionalidades dispersas.
Criterio Esolvo
En Esolvo entendemos la consultoría TIC en la era de la IA como una disciplina de dirección. No se trata sólo de introducir nuevas herramientas dentro de la empresa, sino de ayudarle a construir una arquitectura de decisión más robusta.
Nuestra mirada parte de una idea esencial: la IA aportará valor cuando esté conectada con procesos reales, datos bien gobernados y objetivos de negocio concretos. La tecnología puede acelerar mucho, pero la aceleración sólo es útil cuando la dirección está clara.
Por eso, el trabajo consultivo deberá poner cada vez más foco en cuatro dimensiones:
Arquitectura para entender cómo se conectan herramientas, datos, procesos y personas.
Gobernanza para definir límites, permisos, responsabilidades y criterios de control.
Adopción para garantizar que los equipos incorporen la IA con criterio y no sólo por presión del mercado.
Impacto por vincular cada iniciativa a una mejora real y medible del negocio.
Éste es el territorio donde la consultoría seguirá siendo imprescindible. En un mundo donde las herramientas serán cada vez más potentes y accesibles, el valor diferencial estará en saber qué hacer con ellas, cómo integrarlas y cómo convertirlas en capacidad empresarial.
Una reflexión para cerrar
La IA no reduce la necesidad de consultoría. Eleva el nivel de exigencia sobre la consultoría que realmente aporta valor.
Las empresas necesitarán menos discurso tecnológico y más criterio para decidir dónde aplicar la IA, cómo gobernarla y cómo convertirla en una capacidad estable dentro de su modelo operativo.
Ésta es la dirección hacia la que avanza el mercado.
Y es también la dirección hacia la que debe evolucionar cualquier empresa que quiera utilizar la IA con responsabilidad, retorno y visión de futuro.



